Cuentos — 01 marzo 2014


Tenía mucho trabajo atrasado. Estaba tan pendiente de eso, que incluso me llevaba tareas para hacer fuera de casa. En ese momento me encontraba en lo de una amiga, ultimando detalles. Su padre se interesó por lo que estaba haciendo, y me hizo un par de preguntas sobre el programa que usaba y otras cosas. Casi de forma mecánica, le respondía mientras daba clic y doble clic.
Entonces su hija, que aparentemente se había bañado, comenzó a vestirse al lado mio, dándome la espalda. Me pidió que le ayudara a subirse la pollera, ahí enfrente de él.
-No se preocupe, señor, – le dije, tratando de calmar la situación – tengo mucha experiencia mirando culos.
En retrospectiva, no fue la mejor respuesta que pude dar. Igualmente me devolvió una mueca inocua.
Luego de subirse la pollera, mi amiga se sentó delante de mi, y empezó a retroceder hasta apoyar su cabeza en mi pecho, y acurrucarse ahí. No pude evitar acariciarla con la mano izquierda. No soy de piedra. Pero con la derecha seguía intentando trabajar. Me quedaban 5 o 10 minutos…
-Así se me va a complicar – pensé en voz alta. Creo que nadie escuchó la queja.

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El Autor

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Miembro de la Comunidad del Anillo. En el puente de Khazad-Dum, Gandalf dio instrucciones precisas a quienes se encontraban allí: "Huid, insensatos." Al igual que mis hermanos, salí corriendo, y desde entonces me dedico a huir: de Moria (de las minas enanas y de Casán), de la Tierra Media, de las responsabilidades. La escritura es una buena forma de huir, y de respetar el último deseo del gran mago Gandalf.