Cuentos — 09 junio 2014

-Dale, levantate que vamos a comer – escuché desde afuera del cuarto. Me vestí más o menos, y salí. Tres familiares me estaban esperando – Mirá que van a venir a ordenar la casa.
No me acordaba de eso. Volví, arreglé un poco las cosas que no quería que tocaran, y me puse a buscar el celular.
-Ya estás listo? – me preguntaron.
-No, estoy buscando el celular – respondí mientras entraba en otro cuarto.
-El mío ya lo tengo guardado, que buscás en mi cuarto?
-Estoy buscando el mío, no se donde está… – fue entonces cuando me tanteé el bolsillo y lo encontré – Tá, no importa, lo encontré.
-Ya estás listo, entonces? Vamos a ir a comer afuera.
-Afuera? – titubeé mientras veía lo que tenía puesto – Estoy vestido como un roto, pará que me cambio.
Todos me miraron con hastío e impaciencia.
-Uff, dale! – resopló uno. Me cambié lo más rápido que pude, y salí de nuevo del cuarto.
-Dónde vamos a comer? – pregunté.
-En un restaurante en el norte – contestó uno.
-En el norte? Perá que lo busco en el mapa.
Me llovieron las puteadas. Pero igual agarré el mapa y me puse a buscarlo. Entre los gritos, después de un rato por fin lo encontré.
-Dale, loco! Qué mierda importa dónde queda el restaurante?
Lo miré, mientras salíamos. Solo quería saber donde íbamos a comer. Está mal?

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El Autor

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Miembro de la Comunidad del Anillo. En el puente de Khazad-Dum, Gandalf dio instrucciones precisas a quienes se encontraban allí: "Huid, insensatos." Al igual que mis hermanos, salí corriendo, y desde entonces me dedico a huir: de Moria (de las minas enanas y de Casán), de la Tierra Media, de las responsabilidades. La escritura es una buena forma de huir, y de respetar el último deseo del gran mago Gandalf.