Cuentos — 16 agosto 2013

Me subí al ómnibus, después de dudarlo un poco. Digo, era más o menos lo mismo que ir caminando, pero habían subido un par de amigas, así que decidí pasar. Nos sentamos en asientos opuestos, de forma que nos estábamos viendo las caras. Era de mañana. El sol atravesaba las ventanas y le daba en la cara a los pasajeros.

Todo bien, hasta que me dio en la cara a mí. Empecé a sisear quejas, se me quemaron un poco los cachetes, y crecieron mis colmillos.

-Argh! El sol… Grrr!! Quema!! – siseé. Mis amigas me miraron extrañado, no dándose cuenta de que estaba pasando. Traté de hacerme el desentendido. – No pasa nada – dije mientras miraba para los costados. – No soy un vampiro… Por supuesto que no. Quién dijo que lo era? Jajaja ridículo…

Seguían mirándome confundidas.

-Podemos hablar de otra cosa? – pregunté – De otra cosa que no sean vampiros? Gracias.

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El Autor

inSensato
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Miembro de la Comunidad del Anillo. En el puente de Khazad-Dum, Gandalf dio instrucciones precisas a quienes se encontraban allí: "Huid, insensatos." Al igual que mis hermanos, salí corriendo, y desde entonces me dedico a huir: de Moria (de las minas enanas y de Casán), de la Tierra Media, de las responsabilidades. La escritura es una buena forma de huir, y de respetar el último deseo del gran mago Gandalf.