Anécdotas Rincón Filosófico — 23 febrero 2017

Cuando era muy chico, con unos 6 años aproximadamente, y comenzaba a disfrutar de las ventajas de leer, recuerdo que sentado en el ómnibus observé el cartel que se ubica encima del conductor, que decía:

“Prohibido hablar con el conductor.
Prohibido fumar y silbar”.

¿Por qué está prohibido silbar? me pregunté, ¿será que distrae al conductor, será que es molesto para los demás?.
Al final mi psiquis infante llegó a la conclusión de que seguramente fuera porque si silbás era señal de que querías bajar, algo así como esas manijas que había antes en los bondis de las películas que al tirarlas sonaba un silbato dando señal al conductor de que pare.

Durante mi infancia, cada vez que viajaba en ómnibus silbaba bajito, era mi acto de rebeldía al sistema, era la Irma Leites del Kindergarden.

Durante años viví con esa convicción, hasta que un día a eso de mis 16 años se me dio por leer nuevamente el cartel.

“Prohibido fumar y *salivar*”

Recuerdo que cuando lo vi pensé dos cosas, la primera fue qué suerte que nunca había comentado mi acto anarquista de silbar en los bondis a nadie, y segundo que quién iba a ser tan desubicado de escupir en un ómnibus.

Hoy, con mis 34 años, la humanidad, representada en un señor de unos 40 años me volvió a demostrar por qué necesitamos – nosotros, las criaturas más inteligentes del planeta y del sistema solar – cosas como un guarda que nos diga que tenemos que corrernos para atras, o un cartel que diga que no escupamos dentro del transporte público, al observar como este señor miraba a sus costados, sacaba una flema, e impunemente la estrellaba contra el piso, a apenas unos centímetros de otro pasajero.

Creo que ya es como que mucho.
Creo que me gustaría volver a leer mal.
Creo que me gustaría seguir pensando que ese cartel, como muchos otros, son innecesarios.

Pero no.

¿Qué tan civilizados somos, si tenemos que pautar reglas tan básicas de convivencia, qué tan civilizados somos si el cumplimiento de esas reglas se basan en el miedo al castigo físico o reclusión?

No tanto como alardeamos, en mi opinión.

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El Autor

Damian de Arce
Damian de Arce

Soñador, poeta, escritor, tecnólogo, loco, antiguo, romántico, muchas cosas se dicen de mí, prefiero catalogarme como un observador de la humanidad.

  • asdf

    Capaz que ese señor hizo lo que hizo como un acto de rebeldía.