Cuentos — 24 octubre 2013


Aquella bicicleta estaba un poco abandonada. Era mía, pero hacía un buen tiempo que no la usaba, y por tanto las llantas estaban desinfladas y deformes. Traté de inflarlas, pero la cámara de aire cedía y no mantenía la forma circular. Algunos familiares con los que estaba, me sugirieron que probara una de las bicicletas del patio. Levanté la mirada y vi bicicletas de todo tipo: las había grandes con ruedas finas de metal, pequeñas con anchas ruedas de plástico, medianas con gruesas ruedas de madera, algunas rígidas en los manillares pero con muchos amortiguadores… en fin, había de todo, y en total eran como 6 o 7. Probé una un poco pequeña para mi, parecía estar hecha toda de madera, incluso las ruedas. Di vueltas al patio, no era cómoda de manejar, era más bien tosca a la hora de maniobrar, pero no iba a tener problemas con las ruedas. O sea, eran de madera. No iban a pincharse. Jamás. No había chance. Lo tomé como una buena alternativa, pero quería seguir probando.

–Si no te convence esa, podés probar alguna de las otras – me dijeron. Y era mi intención hacerlo. Me quedé mirando todas esas bicicletas, y tuve un sentimiento similar a la esperanza.

–Bueno, supongo que alguna me servirá – me dije en voz alta, sonriendo.

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El Autor

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Miembro de la Comunidad del Anillo. En el puente de Khazad-Dum, Gandalf dio instrucciones precisas a quienes se encontraban allí: "Huid, insensatos." Al igual que mis hermanos, salí corriendo, y desde entonces me dedico a huir: de Moria (de las minas enanas y de Casán), de la Tierra Media, de las responsabilidades. La escritura es una buena forma de huir, y de respetar el último deseo del gran mago Gandalf.