Cuentos — 17 diciembre 2013


La ladera de aquella montaña era inmensa. No se llegaba a ver la cima, que se perdía entre las nubes. Se decía que si uno pedía un deseo ahí, se cumpliría. Pero yo no confiaba en los deseos, nunca lo hice.

Es todo una trampa, – le comenté al amigo con el que estaba – seguro que si uno desea volar, por ejemplo, lo único que le pasaría sería una caída desde la cima hasta el suelo. Pum. Listo, ese fue tu vuelo.

En nuestra academia nos enseñan cosas parecidas en la clase de tortura – le comentó un policía a otro compañero suyo. Estaban al lado nuestro, y me pareció como que estaban tratando de intimidarnos cuando lo miré, aunque sus miradas estaban ocupadas en las nubes de la cima.

Pero no funcionó. Mi amigo miraba curioso, casi maravillado con aquellas “clases de tortura”, y yo me quedé totalmente indignado.

Mirá, que irónico… – le dije mirándolo, casi desafiante – ustedes tienen clases de tortura, y yo donde estudio tengo clases de ética. Es medio que lo opuesto, no?

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El Autor

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Miembro de la Comunidad del Anillo. En el puente de Khazad-Dum, Gandalf dio instrucciones precisas a quienes se encontraban allí: "Huid, insensatos." Al igual que mis hermanos, salí corriendo, y desde entonces me dedico a huir: de Moria (de las minas enanas y de Casán), de la Tierra Media, de las responsabilidades. La escritura es una buena forma de huir, y de respetar el último deseo del gran mago Gandalf.