Anécdotas Cuentos — 10 marzo 2016

Abrió la puerta y su mundo se detuvo un instante.
¿Cuánto había pasado, 4 años, 5..? no lo sabía con certeza, había dejado de contar cuando cada día sin ella dolían demasiado.

-Hola

Le dijo mientras recogía su pelo y se lo colocaba tras la oreja, al tiempo que lo miraba fijo a los ojos.

-Ho.. hola

Contestó nervioso, no lo esperaba, se había entrenado por muchos años intentando olvidar, justificando la ausencia, argumentando que fue lo mejor.
Segundos fueron horas, segundos en los cuales la miraba a los ojos, intentando no quebrarse, intentando ser fuerte, intentando no recordar todas las promesas y sueños que alguna vez brillaban en esos mismos ojos.
Nervioso, torpemente, se movió hacia atrás y bajando la cabeza dijo.

-¿Cómo estás? Pasa…

Creyó morir cuando al pasar al lado suyo, sintió su perfume, millones de recuerdos lo invadieron, millones de momentos vividos, sentimientos, momentos de amor, noches  de verano, donde solo existían los dos sobre el pasto, y el cielo infinito sobre ellos, infinito como el amor que sentían.
Pero esos fueron momentos que el les dio un duelo, un largo duelo, con todo el dolor en el corazón, recordó uno por uno, en noches donde creía morir, y los fue despidiendo, aceptando la inevitabilidad de que nada dura para siempre.

Pero ahora, ella estaba allí, delante de él, mirándolo.

-¿Qué haces acá?

“Soy un bestia” pensó inmediatamente ante la brusquedad de la pregunta.

-Te quería ver
-¿Querías verme..? – Dijo titubeante y con cierto dejo de incredulidad
-Si, quería verte…
-¿…y porqué?
-Porque te extrañaba, porque nunca dejé de extrañarte…

No era justo.

No podía presentarse nuevamente en su vida, y decirle eso sin más.
Siempre fue rápido en las palabras, siempre fue un “sabelotodo”, y esta no era la primera vez que le sucedía algo así, sin embargo, en esta oportunidad, no podía concebir ni una sola palabra, simplemente bajar la mirada, apretar los puños, e intentar no romperse.

-Perdóname… – Le dijo ella mientras se acercaba a el, acortando ese espacio que cuidadosamente él se había asegurado que fuera de más de dos cuerpos de distancia, alejándola no solo de el, sino de su corazón.
-No tengo nada que perdonarte – Fue lo único que atinó a decirle.

Ella se detuvo, y bajo la cabeza, un dejo de tristeza podía verse en su rostro.
Si algo él nunca pudo soportar, era verla sufrir, era verla con la sombra de la tristeza.

-¿Estás bien? – Le dijo mientras inconscientemente se acercaba a ella.
-Si… estoy bien…

Dudó un minuto, y levantando la cabeza y con los ojos húmedos dijo

-No, no estoy bien, nunca estuve bien, y perdóname, perdóname por haber… intentado estarlo por tanto tiempo.
-No entiendo, lo que yo más quería era que estuvieras bien, todos los días lo único que le pedía a la vida, es que te devolviera la felicidad, que volvieras a reír, que volvieras a amar.
-Si, ya sé, y eso me daba más bronca, eso hacía que cerrara los ojos más fuerte

Bajo la cabeza y coloco sus manos en ella, y él pudo ver una lágrima cayendo.
Ella siempre, desde que la conoció, escondía sus lagrimas.

-Entiendo… yo también durante mucho tiempo apretaba fuerte los ojos, eramos jóvenes, cometimos errores, y siento igual que vos, tal vez, si hubiéramos charlado aquella tarde.. quién sabe.
-Estoy acá, vamos a charlarlo.
-Pero ahora.. ahora es ahora. – Dijo él mientras volvía su cabeza y miraba el vacío.
-¿Y que tiene?
-Que somos dos personas completamente distintas, yo no soy aquel que conociste, como vos no sos la mujer la cual conocí y amé..

Esa era su arma.

Durante años, fue su arma predilecta, su argumento.
Se lo repitió hasta el cansancio, a si mismo, a amigos, familiares, a dios.
Era más fácil, dolía menos, tenía lógica, sonaba bien, mataba cualquier idea de volver, de volver a sentir amor… no, de volver a sentir ese dolor que casi lo mata.

-¿No sos..?
-No, pasaron muchos años, era un adolescente… pasaron muchas cosas, cosas que me cambiaron, cosas que a vos te deben haber cambiado también.

No lo dejó terminar.

Antes de que se diera cuenta, ella había destruido esa tonta distancia que él había impuesto y los separaba, y estaba abrazándolo, fuertemente, con la cabeza apoyada en su pecho, y llorando con el dolor en la piel.
El, sin pensarlo, sin pensarlo ni siquiera un segundo, la abrigó con sus brazos, como tantas veces, repitiendo ese movimiento hecho hace 5 años atrás, a la perfección, igual.
La abrazó fuerte, y con una mano acarició su cabeza, mientras la besaba, y le decía que todo estaba bien.
Durante largos minutos estuvieron así, abrazándose fuerte, muy fuerte, como con miedo a que los separaran.

-Seguís abrazándome igual… – Le dijo ella mientras se aferraba a su pecho
-Es que me sigue doliendo igual que estés mal…
-Y yo sigo extrañando y queriendo tus abrazos… tanto no cambiamos…

Y así, con apenas tres palabras y un abrazo, ella había destruido completamente su cuidadoso y lógico argumento construido por años.

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El Autor

Damian de Arce
Damian de Arce

Soñador, poeta, escritor, tecnólogo, loco, antiguo, romántico, muchas cosas se dicen de mí, prefiero catalogarme como un observador de la humanidad.